Si es que gana

Juntos, De Hoyos, Córdova y González. Foto: Cuartoscuro
Dos ponderados de encuestas del fin de semana coinciden en que el partido que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia obtendrá mayoría en la Cámara de Diputados sin tener que recurrir a sus aliados. Oraculus dice que Morena tiene 44 por ciento de la intención de voto; PAN, 17 por ciento; PRI, 17 por ciento y PRD, 4 por ciento. Los tres últimos suman 38 por ciento. Seis puntos porcentuales menos que el partido oficial. Y El País contabiliza para Morena 46.7 por ciento; PAN, 17 por ciento; PRI, 16.5 por ciento y PRD, 4.2 por ciento. El bloque tiene 37.7 por ciento, 9 puntos porcentuales menos que su némesis.
Es un dato a tomar en cuenta porque faltan seis semanas para la gran elección de 2021. Me llama la atención además porque, en medio de la pandemia y con casi toda la prensa en contra, el Presidente mismo sale bastante bien librado. Promedia 63 por ciento de aceptación. Pocos mandatarios del mundo podrían presumir de eso. E incide, claro, en las tendencias de Morena. El comportamiento de ambos (AMLO y Morena) es paralelo, de acuerdo con casi todos los ejercicios demoscópicos.
Aún así, faltando seis semanas, cualquiera vería con prudencia las cifras. Los electores deben tomar una decisión responsable. Morena debe pensar que lo están alcanzando y el bloque opositor debe prepararse para el triunfo. Si es que gana. Y sobre lo último escribo. Porque los números hasta hoy lo ponen en un verdadero aprieto.
El gran problema de la histórica alianza opositora viene de su origen; del pragmatismo bien calculado que conduce a un destino incierto; del pragmatismo que convoca al ahora pero que no calcula el destino; del llamado a apoyar a un bloque de partidos (que en teoría se contraponen) para ir contra López Obrador, pero sin ofrecer algo a cambio. Se busca dinamitar diques y correr al bosque ideológico, donde los pinos no se comen y los depredadores acechan. Cualquiera puede pedir un voto para Va por México, pero casi ninguno puede decir a cambio de qué: sí, es ir contra el Presidente en el corto plazo; pero después de eso, qué.
El bloque tiene un sólo objetivo: vencer al lopezobradorismo. Y tiene, en el mejor de los casos, múltiples destinos que serán forjados sobre la marcha. Una vez que logre vencer –si es que vence–, toca ver cuáles líderes se imponen y marcan el rumbo.
Habría dos ganadores con mano: Claudio X. González y Gustavo de Hoyos; esa línea conduce a dar más poder a los patrones y podría colocarlos, a los dos, en la carrera por el 2024. Luego, en una segunda línea, estaría una nata de abiertos aspirantes a la candidatura presidencial: Ricardo Anaya (representado en esta elección por Marko Cortés y Santiago Creel); Felipe Calderón (con Margarita Zavala como rostro visible); Alfredo del Mazo (que viene del peñismo y tendría muchos flancos abiertos); Miguel Ángel Osorio Chong (que está abatido incluso dentro de su propio partido); o incluso Javier Corral, dicen algunos (que quizás no gane ni Chihuahua), y párele de contar. Porque a Enrique Alfaro no le dará para mucho: Movimiento Ciudadano, de acuerdo con las encuestas a 6 semanas de la elección, tiene las mismas preferencias que el PRD. Tendría que pelear la candidatura primero con Jesús Zambrano y de allí hacia arriba.
¿Entonces? Después de vencer –si es que vence–, la alianza opositora tendría que ponerse de acuerdo para encontrarle destino al país en 2024. Pero ese destino estaría encausado por los ganadores (si es que ganan) y los líderes naturales. Y por los posibles candidatos.
La primera opción para esa candidatura unificada estaría encabezada por los patrones (con Claudio X. o De Hoyos), si es que gana. La segunda, por dos que ya fueron derrotados en 2018: Anaya o Calderón (con Margarita Zavala), peleados a muerte entre sí. La tercera parrilla es casi un chiste: Del Mazo u Osorio, huérfanos de Enrique Peña Nieto. ¿Me falta alguien? Sí: el tapado. Eso es lo que suele decirse. Un ungido que está escondido para no quemarse o no arrugar la falda o el traje. Pero los invisibles de esa alianza, los que están pero no hacen ruido, difícilmente serán candidatos. Empezando con Carlos Salinas de Gortari.
La alianza opositora tuvo un buen arranque, de acuerdo con sus principios: aquél desplegado del 15 de julio del año pasado, cuando intelectuales y personalidades pidieron formar un bloque que sirviera de contrapeso al lopezobradorismo. Luego tuvo un buen seguimiento: Claudio X. y De Hoyos organizaron una agenda y convencieron a PAN, PRI y PRD a ir juntos. Pero se quedó allí. Desde lejos, sin un futuro claro, la alianza da la impresión de ser un simple impulso del que se ahoga y manotea hasta que se agarra de una rama. Pero la rama dará la sensación de que flota y no necesariamente cargará con el peso para salir de lo hondo del lago.
Este bloque tiene que encontrar un motivo para justificarse en el corto plazo, más que simplemente ofrecer que derrotará al lopezobradorismo. Cualquiera preguntará: sí, pero, ¿y eso para qué? Creo que esta alianza sufre el destino de la reja de manzanas, como dirían en mi pueblo: sí, cierto, las manzanas se acomodan en la reja; pero si hay algunas podridas terminará por podrir al resto. Y quizás eso es lo que percibe la mayoría, a juzgar por los dos ponderados de encuestas del fin de semana.
Difícil votar por una alianza que no va a ninguna parte o que, si camina, es como encargarle un hijo a Salinas, a “los Chuchos”, al PRI de Peña, al PAN del Anaya o a Margarita o a Calderón. Y cualquiera se preguntará, con justa razón, si está dispuesto a dejar que un hijo vaya al parque con alguno de esos.

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